A. León
Blog · Cognición

Trampas de la cognición humana

El mundo guarda una inercia cada día, asociada a cada uno de nosotros y también asociada a la dureza con que omitimos tomar decisiones difíciles.

Si postergo una decisión difícil puedo acostumbrarme a ella, y también a los síntomas que esa omisión deja en mi vida cotidiana, incluso en facetas que aparentemente no están relacionadas.

Puedo pensar que debo dejar de pasar tiempo viendo reels y, al mismo tiempo, puedo no tomar la difícil decisión de dejar de hacerlo.

Repetir una de estas omisiones es más fácil: convertirnos en una roca que cae, a rolling stone, que no logra hacer nada para cambiar el rumbo.

En el lado contrario está la opción de decidir. Cada momento es una dicotomía entre dos cosas:

Si omito una decisión difícil, como dejar de ver reels, por dentro estoy acostumbrando a mi cerebro a depender de estímulos cada vez más fuertes.

Ahí está la trampa: la omisión no se siente como una decisión. Se siente como nada. Por eso es barata, y por eso se repite.

Conviene decirlo sin moralismo, porque no se trata de falta de carácter. Omitir es la opción de menor costo, y hay una industria entera dedicada a mantenerla barata. La aplicación no le pide que decida; le pide que no decida. Cada segundo que usted no elige, alguien ya eligió por usted.

Aquí es donde sirve una comparación con la cognición artificial, aunque no en el sentido en que se usa normalmente.

Un modelo de lenguaje no tiene inercia. No posterga. No arrastra el cansancio de ayer ni la costumbre de la semana pasada; su contexto se vacía y el nuestro no. En ese sentido específico, no cae en la trampa humana.

Pero tiene la suya, y es la contraria. El modelo no puede no responder. No tiene la opción del silencio, ni la de decir «esto no está en mi control», ni la de parar. Donde nuestra trampa es la omisión — decidir no decidir —, la suya es la compulsión: producir siempre, aunque no haya nada que decir.

Y hay algo más incómodo en la comparación. La inercia del modelo no es suya: está en los datos con que se entrenó y en los intereses de quien lo construyó. La nuestra parece propia, pero se cultiva desde afuera, porque la aplicación está diseñada para que omitir sea lo más barato que usted puede hacer.

O sea que automatizamos justamente la parte que nunca se cansa. La parte que tiene que decidir — con cansancio, con consecuencias, con algo en juego — sigue siendo enteramente nuestra. Y es la que estamos entrenando a la baja. Ya escribí antes sobre por qué a esto le decimos inteligencia y nunca vida, en La IA perdió el camino.

Lo colectivo funciona igual. La posverdad no gana porque la gente sea tonta; gana porque creer es la opción más barata. Los hechos no importan cuando la retórica apela a las emociones, y lo más fácil para la mayoría es creerles.

Se nota en la escalada. Hace unos años los anzuelos eran menos obvios; hoy ya ni se esfuerzan y siguen funcionando igual. Es exactamente el mismo síntoma: la tolerancia sube, el estímulo tiene que ser más burdo y el sistema se acomoda a la dosis. Un país entero puede quedarse dentro de una caja de eco por la misma razón por la que yo no cierro la aplicación.

Esto es una forma de autoengaño, que también vivimos colectivamente. O eso pienso yo.

¿Usted qué piensa?

Also available in English: Traps of human cognition.